La celebración de los XXX años de la aprobación de nuestra Carta Magna ( 1978-2008) nos da ocasión para reflexionar sobre un término acuñado por el filósofo alemán Jürgen Habermas que de cuando en cuando abandona als aulas universitarias y sale a debate público. Hablamos del "patriotismo constitucional". Mucho más que una simple categoría teórica, el término nos puede ayudar a entender todo el significado de una constitución como la nuestra y supone una solución a los problemas de identidad y reconocimiento que enfrentan las sociedades actuales.
La cuestión no es otra que la del cemento. Si, han leído bién, el cemento, pero social, claro. En la reflexión política hay una cuestión básica: ¿Por qué estamos juntos?.¿Qué nos mantiene unidos?.¿Quién o qué aporta la argamasa necesaria para la cohesión social?.
Hasta el siglo XVIII, con el Antiguo Régimen, estaba muy claro: Dios y el Rey. El Trono y el Altar. No hay naciones , hay reinos. No somos ciudadanos, somos súbditos. Pero con la llegada de la Modernidad las cosas cambian. El cemento antiguo ya no vale y hay que "pastar" otro nuevo. Aparece la idea de nación o de identidad nacional.
La invención de la nación tuvo un gran éxito. ¡Qué curioso!. La identidad primordial del ser humano moderno está en pertenecer a un Estado territorial que establece su principio de autoridad sobre cada uno de los habitantes de un trozo de mapa. Somos ciudadanos nacionales y por tanto, nuestro respectivo Estado-nación exige y obtiene nuestra lealtad, nuestro amor (patriotismo) y, llegado el caso, nuestra propia vida. La conciencia nacional nos liga solidariamente. Somos compatriotas.
Ahora bien, el concepto de nación tiene una ambivalencia que es conveniente subrayar. Por un lado, es nación como comunidad de ciudadanos ( demos). En la tradición liberal-democrática del nacionalismo cívico: nación querida y construida, resultado de la voluntad libre de los ciudadanos que se asocian políticamente. Pero, por otro lado, la nación es comunidad etnico-cultural (etnos). En la tradición romántico-cultural del nacionalismo étnico: la nación es nación nacida, natural y étnica, es decir,comunidad prepolítica configurada por los que pertenecen a un mismo pueblo caracterizado por una lengua propia, una historia común y una tradición compartida.
¿Y dónde esta el problema?. En la naturalización de la idea de nación. La nación naturalizada tiene una apabullante tendencia a creerse comunidad orgánica, única, permanente, esencial, inalterable, casi sagrada. Eso da lugar a sociedades cerradas, uniformes, sustantivas que pueden desembocar en la exclusión, la limpieza étnica o el enfretamiento civil. Desgraciadamete el nacionalismo etnicista de ETA es una buena muestra de lo que decimos.
Las sociedades actuales son complejas y plurales. En palabras de Habermas: "El pluralismo de las forms de vida, todas con iguales derechos y que a su vez, han de dejar espacios para proyectos de vida individualizados, prohibe la orientación de criterios que sean vinculantes para todos". Y como nuestra ahí tenemos la sociedades cada vez más multiculturales y globalizadas en que estamos y el surguimiento por abajo de una pluralidad de identidades nacionales y regionales. La identidad nacional ya no puede seguir siendo el cemento. ¿Dónde buscar una nueva argamasa que nos ayunte?¿Cuál sera el nuevo principio de integración y de cohesión social?.
Escuchemos de nuevo a Habermas: "Lo que une a los miembros de una sociedad que viene definida por el pluralismo social, cultural y por el pluralismo en lo tocante a concepciones últimas del mundo, no puede consistir en otra cosa que en principios abstractos y en procedimientos formales de un medio republicano artificial, es decir, generado en medio del derecho. Esos principios sólo pueden echar raices en los motivos de los ciudadanos cuando la población haya hecho buenas experiencias con sus instituciones democráticas y se haya acostumbrado a la situación de libertad política (...) A esa clase de vínculos son a los que me he referido bajo la denominación de Patriotismo de la Constitución"
La fuerza que nos junta ya no viene dada por alguna forma de naturalismo o de cultura nacional sino por la pura abstracción del Derecho y las Formas. El reto que se nos plantea es grandísimo, se trata de superar vínculos históricos, lingüísticos o tradicionales a la hora de establecer las bases de la comunidad política. Las naciones ya no puede fundar Estados. Las que ya no lo han hecho ya no lo van a poder hacer y si lo hacen irán contra los tiempos y las tendencias imparables de las sociedades complejas y globalizadas. Los valores integradores son valores abstractos: formas democráticas (tolerancia), derechos compartidos ( reciprocidad), reglas de juego consensuadas( diálogo).Estas son las bases de las sociedades post-nacionales y multiculturales del siglo XXI.
¿Lo podremos conseguir?. El auge de los nacionalismos excluyentes ( el español de Rajoy, el catalán de Carod Rovira, o el vasco de Ibarretxe) no ayuda demasiado a ello. La utilización de la Constitución como una "piedra" que hay que arrojar a la testa del contrario, tampoco confiere grandes esperanzas. Sin embargo, ese es el camino y mucho nos jugamos en andarlo con buen tiento. La Constitución del 78 fue un buen comienzo, sigámoslo.
José P. Martí Garcia
Candidato al Senado por el PSPV-PSOE en Castellón
La cuestión no es otra que la del cemento. Si, han leído bién, el cemento, pero social, claro. En la reflexión política hay una cuestión básica: ¿Por qué estamos juntos?.¿Qué nos mantiene unidos?.¿Quién o qué aporta la argamasa necesaria para la cohesión social?.
Hasta el siglo XVIII, con el Antiguo Régimen, estaba muy claro: Dios y el Rey. El Trono y el Altar. No hay naciones , hay reinos. No somos ciudadanos, somos súbditos. Pero con la llegada de la Modernidad las cosas cambian. El cemento antiguo ya no vale y hay que "pastar" otro nuevo. Aparece la idea de nación o de identidad nacional.
La invención de la nación tuvo un gran éxito. ¡Qué curioso!. La identidad primordial del ser humano moderno está en pertenecer a un Estado territorial que establece su principio de autoridad sobre cada uno de los habitantes de un trozo de mapa. Somos ciudadanos nacionales y por tanto, nuestro respectivo Estado-nación exige y obtiene nuestra lealtad, nuestro amor (patriotismo) y, llegado el caso, nuestra propia vida. La conciencia nacional nos liga solidariamente. Somos compatriotas.
Ahora bien, el concepto de nación tiene una ambivalencia que es conveniente subrayar. Por un lado, es nación como comunidad de ciudadanos ( demos). En la tradición liberal-democrática del nacionalismo cívico: nación querida y construida, resultado de la voluntad libre de los ciudadanos que se asocian políticamente. Pero, por otro lado, la nación es comunidad etnico-cultural (etnos). En la tradición romántico-cultural del nacionalismo étnico: la nación es nación nacida, natural y étnica, es decir,comunidad prepolítica configurada por los que pertenecen a un mismo pueblo caracterizado por una lengua propia, una historia común y una tradición compartida.
¿Y dónde esta el problema?. En la naturalización de la idea de nación. La nación naturalizada tiene una apabullante tendencia a creerse comunidad orgánica, única, permanente, esencial, inalterable, casi sagrada. Eso da lugar a sociedades cerradas, uniformes, sustantivas que pueden desembocar en la exclusión, la limpieza étnica o el enfretamiento civil. Desgraciadamete el nacionalismo etnicista de ETA es una buena muestra de lo que decimos.
Las sociedades actuales son complejas y plurales. En palabras de Habermas: "El pluralismo de las forms de vida, todas con iguales derechos y que a su vez, han de dejar espacios para proyectos de vida individualizados, prohibe la orientación de criterios que sean vinculantes para todos". Y como nuestra ahí tenemos la sociedades cada vez más multiculturales y globalizadas en que estamos y el surguimiento por abajo de una pluralidad de identidades nacionales y regionales. La identidad nacional ya no puede seguir siendo el cemento. ¿Dónde buscar una nueva argamasa que nos ayunte?¿Cuál sera el nuevo principio de integración y de cohesión social?.
Escuchemos de nuevo a Habermas: "Lo que une a los miembros de una sociedad que viene definida por el pluralismo social, cultural y por el pluralismo en lo tocante a concepciones últimas del mundo, no puede consistir en otra cosa que en principios abstractos y en procedimientos formales de un medio republicano artificial, es decir, generado en medio del derecho. Esos principios sólo pueden echar raices en los motivos de los ciudadanos cuando la población haya hecho buenas experiencias con sus instituciones democráticas y se haya acostumbrado a la situación de libertad política (...) A esa clase de vínculos son a los que me he referido bajo la denominación de Patriotismo de la Constitución"
La fuerza que nos junta ya no viene dada por alguna forma de naturalismo o de cultura nacional sino por la pura abstracción del Derecho y las Formas. El reto que se nos plantea es grandísimo, se trata de superar vínculos históricos, lingüísticos o tradicionales a la hora de establecer las bases de la comunidad política. Las naciones ya no puede fundar Estados. Las que ya no lo han hecho ya no lo van a poder hacer y si lo hacen irán contra los tiempos y las tendencias imparables de las sociedades complejas y globalizadas. Los valores integradores son valores abstractos: formas democráticas (tolerancia), derechos compartidos ( reciprocidad), reglas de juego consensuadas( diálogo).Estas son las bases de las sociedades post-nacionales y multiculturales del siglo XXI.
¿Lo podremos conseguir?. El auge de los nacionalismos excluyentes ( el español de Rajoy, el catalán de Carod Rovira, o el vasco de Ibarretxe) no ayuda demasiado a ello. La utilización de la Constitución como una "piedra" que hay que arrojar a la testa del contrario, tampoco confiere grandes esperanzas. Sin embargo, ese es el camino y mucho nos jugamos en andarlo con buen tiento. La Constitución del 78 fue un buen comienzo, sigámoslo.
José P. Martí Garcia
Candidato al Senado por el PSPV-PSOE en Castellón

3 comentarios:
Es como siempre un placer leer a un filosofo neokantiano y que, por lo que puedo apreciar, también discursivo.
Estoy de acuerdo contigo querido compañero y, agradezco que acerques la filosofía a la ciudadanía porque en ella están las claves para superar las controversias que se nos presentan en este mundo global que nos ha tocado vivir.
Por decirlo con palabras de Sheyla Benhabib, las personas sólo tenemos podemos emplear la fuerza o violencia, que es aquel poder que ve al otro como un medio y no como un fin, o lo que posteriormente Jürgen Habermas bautizará como el poder comuncativo. Es este el cemento que buscamos todos los que creemos en un mundo mejor. Las personas somos las únicas que tenemos este poder que nos humaniza. Es cierto que Habermas presenta una Sociedad de comunicación contrafáctica, es decir ideal e irrealizable, pero también es verdad que él es consciente de ello. Las características que le da a esta nueva sociedad emancipatoria de la comunicación son a las que nos debemos acercar en nuestro día a día, son nuestras guías, a saber: un dialogo del que ninguna temática puede quedar excluída a priori del debate público y en la que todos y todas las afectadas tendrán voz, una voz libre de relaciones de subordinación. Los acuerdos alcanzados podrán ser revisados cuantas veces sea necesario, de forma que nada queda fijado para la eternidad, porque así es nuestra realidad, mutable y dinámica.
Así pues, en democracia, ni sólo hay, como bien dices, una voz que nos pueda decir qué es verdad y qué no lo es, como en el pasado lo hicieron los reyes o Dios, y con una legitimidad cero los dictadores, ni podemos aceptar un relativismo en el que todo vale. Lo único que en democracia es verdad, y siempre con un carácter provisional, es aquello que consensuamos los implicados y las implicadas.
El problema es que mientras que el nacionalismo estatal y centralizador de Rajoy confunde intencionadamente los conceptos de Estado y Nación, los nacionalismos periféricos no entinden que en un mundo globalizado en el que las competencias estatales están en crisis, la respuesta no es la creación de uno nuevo. De la polis pasamos al Estado, y del Estado ahora pasamos a las estructuras supraestatales que nos llevarán a aquello cosmopolita, porque queramos o no, las personas nos pertenecemos y nos necesitamos las unas a las otras independientemente de nuestra religión, sexualidad, color de piel o lengua.
Querido Pepe Martí, te deseo suerte con tu blog y en el Senado y te digo, tranquilo porque la historia nos da la razón a los progresistas demostrando que aquello que los conservadores nos presentan como natural y necesario no lo és.
No sé si decir amigo Sánchez Salas o hermano Sánchez Salas. Lo tuyo no es un comentario , sino un refrendo o una exégesis. LO dices mejor que yo, bravo, bravísimo . Y hacia la sociedad cosmpopolita de ciudadanos libres!. Los ideales de la "vieja ilustración" estan en pie, los progresistas feten los defenderemos siempre. Un abrazo y lo próximo son las generales que hemos de ganar por ilustrados, neokantianos o habermasianos comunicativos, pero hemos de ganar...
Soc de esquerres y socialista, encara que la meva inclinació es nietscheana, encara que aixo es el que menys conta, el que conta es que et mereixes estar al senat, ya que has entregat la teua voluntat al socialisme.gracies.
FRANCESC ARRANDIS.
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